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28
Octubre
2010
Pol Miraflors
Todos tenemos un gemelo feo. Y habita en las fotos

Lo de la fotografía es cosa bárbara. Y habla uno que es nulo dándole al disparador. Quizá por eso me parece tan bárbaro y apasionante. Tengo varios amigos fotógrafos, de hobby o de profesión, y les admiro mucho, más que nada porque son capaces de desempeñar con destreza un talento del que yo carezco.

Y mira que lo he intentado. La última vez me pulí los ahorros haciéndome con una réflex digital bastante potente y ni con ésas; de la misma manera que la raqueta no hace al tenista, la cámara no hace al fotógrafo. Caras borrosas, encuadres espantosos, pies cortados. Eso es lo único que sé hacer.

Días atrás volví a echar un vistazo a El peso del agua, película trágica de Kathryn Bigelow en la que un Sean Penn poeta de ojos acuosos y alcohólicos le dice a su supuesta y fotógrafa mujer, Catherine McCormack, que tanto la poesía como la fotografía tienen idéntica última finalidad: detener el tiempo.

Y por un rato me quedé convencido con dicha definición. De algún modo, es cierto. Aprietas el botoncito y en la tarjeta de memoria se atrapa congelada la imagen de tu madre soplando las velas, de tu hermano sonriendo en la playa, de tu novia comiéndose un cacho de sushi, de tu colega el cumpleañero tirado en el suelo del parque con una cogorza de no te menees.

Sin embargo, me puse a revisar las distintas carpetas de fotos que tengo en el ordenador. Las del viaje a Tailandia. Las del último FIB. Las de las noches de póquer. Y de pronto, me di cuenta que en muchas de ellas no me reconocía totalmente. Sí, ése de ahí soy yo, pensaba, pero no acabo de ser yo del todo, parece más alguien muy similar a mí pero con una expresión distinta, con una nariz diferente, con una caída de ojos algo desviada, con un perfil no exactamente igual. Notando que una crisis de identidad me trepaba por el pecho, me puse en manos del Tranquimazin y me dediqué a invertir mis neuronas jugando a la Wii.

Por la noche, no obstante, no pude dormir. Me aterraba la idea de que yo en realidad no era el yo que creía ser, sino el yo que habitaba en las fotos. Tenía la sensación de ser un Mr. Jekyll con infinitos Mr. Hides.

Y es que, claro, uno se mira al espejo y ve lo que quiere ver. Es decir, fuerza lo que quiere ver. Uy, el pelo me lo peino con raya a la izquierda que con raya a la derecha parezco un imbécil. Uy, mejor poner una bonita sonrisa que sonreír estira la papada y me quita de un plumazo diez años de encima. Uy, mejor giro la cara hacia este perfil que del otro tengo un aire a Slot, el chocolatinómano de los Goonies. Y satisfechos con lo que vemos, nos damos el ok para salir a la calle y mostrarle al mundo la mejor de nuestras facetas.

Pero las fotografías nos revelan que no. Y cuando las revisamos, nos decimos "coño, qué mal salgo en ésta". Pero no es verdad. No es que salgas mal, es que eres así, lo que ocurre es que no estás acostumbrado a verte de esa manera, con el pelo alborotado, la sonrisa torcida, los ojos entreabiertos, la oreja chafada, la papada colgante, la nariz arrugada. Ése es el que eres y no el del espejo, que viene a ser tu yo photoshopeado real.

Tan difícil es conocernos por dentro como por fuera. Y para eso están las fotografías, para mostrarnos quiénes somos en realidad cuando no nos estamos mirando. Así que no creo que la fotografía sirva para detener el tiempo como rezaba Sean ojos de gelatina Penn, la fotografía sirve para capturar ese yo nuestro que desconocemos y por el que el mundo nos conoce.

PA-TA-TA.

Comentarios(1)
Comentarios - 1
14/04/2011 - 21:07 h. 1Rebeca
Grandee!!!
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Natural de Brooklyn, fue vecino de Woody Allen y, según sus propios palabras, lo único que les diferencia es el éxito. “Soy nervioso, tristón, feote y también llevo gafas, pero a diferencia de él a mí no me conoce ni dios.”
   
   
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