
Voy a compartir con vosotros una fábula que hace no mucho compartieron conmigo:
"Se produce una terrible inundación y un hombre de impetuosa fe religiosa queda atrapado por la fuertes corrientes de agua. Cuando le llega a la cintura, aparecen los bomberos con su potente camión. Se detienen y uno de los bomberos le dice al hombre religioso que suba al camión para salvarse. El hombre religioso, sin embargo, le responde: soy un buen hombre además de un hombre de fe, así que le agradezco mucho su oferta pero prosiga su camino, estoy seguro de que dios acudirá en mi rescate.
Cuando el agua le llega por el pecho, aparece un bote de salvamento, cuyo capitán le dice a nuestro hombre religioso que se suba para salvarse. La respuesta es la misma: soy un buen hombre además de un hombre de fe, así que le agradezco mucho su oferta pero prosiga su camino, estoy seguro de que dios acudirá en mi rescate.
Ya con el agua al cuello, un helicóptero de socorro surge en el cielo. Uno de los operarios le lanza una escalerilla, pero ya os podéis imaginar la respuesta.
Como era de esperar, nuestro protagonista se ahoga. Sube al cielo, y con cierta indignación, le espeta a dios:
-Dios, me has defraudado. He estado a tu servicio durante toda mi vida, he seguido tus credos y mandamientos, y para una vez que me encuentro en apuros vas tú y pasas de mí.
A lo que dios responde:
-¿Cómo que he pasado de ti? ¡Pero si te he enviado a los bomberos, una barca de salvamento y un helicóptero! ¿Qué más querías?"
Muchas veces la vida está repleta de señales y sólo hay que estar mínimamente atento para descubrirlas, atento para entender que quizá se presenten en formatos que no habíamos contemplado. Algo así como que no dejes que los árboles no te dejen ver el bosque. Dicho más llanamente: si te encanta levantar cosas pesadas, poner caras de apretón digestivo frente al espejo y te apellidas Swarziodogger, tío, dedícate al culturismo. Quién sabe, igual acabas siendo Senador.
Hasta aquí todo bien. Pero yo me pregunto: ¿qué pasa cuando la vida no te envía señal alguna? ¿Qué pasa cuando no te indican si tienes que ir a la derecha o a la izquierda, arriba o abajo? ¿Cuando no sabes si lo tuyo es el amaestramiento de loros o la microbiología? Porque los hay que sí, que desde siempre han sabido que lo suyo era la medicina o la abogacía (yo siempre supe que lo mío era mirar al suelo y que se me rompieras la gafas), pero los hay que no. Y haberlos, haylos a patadas. Y más ahora.
Sólo en este país, en este momento, hay millones de personas sumidas en este bloqueo personal, sin directriz marcada ni estrella de Belén que les guíe. Hace tiempo ya que nuestras deidades políticas, ésas que dirigen o ansían dirigir nuestro día a día en el más acá, zocatas y diestras, han dejado de enviarnos señales. Miento: sí que las envían, pero ha quedado más que demostrado que tienen más de trampa para osos que de brújula.
Por si fuera poco, solemos inclinarnos por un prisma desenfocado cuando el panorama huele a sombrío: nos emperramos en localizar culpables. Mal, no porque no lo sean, que sí, sino porque malgastamos demasiado energía y esfuerzo en reprimendas. Lo más lógico y productivo sería obsesionarse con encontrar soluciones. Y si esas soluciones no llegan en forma de señal, tendrán que hacerlo en forma de ocurrencia.
No es fácil.
No todo el mundo logrará hacerlo.
La pereza tira demasiado.
Y, por mucho que contraríe, suele ser más sencillo ser esclavo que rey.
Pero no quedan muchas más opciones.
Ya no se puede esperar nada, toca ir a buscarlo todo.
¿Una señal de ello? Que ya no hay señales.
Palabra de Poler Durden.

