
Desde siempre me he llevado mejor con las mujeres que con los hombres. Con las mujeres, generalmente, encuentro puntos de unión en las conversaciones, comprendo bien sus emociones y reacciones, atino a despertar su humor.
Con los hombres, en cambio, nunca sé bien de qué hablar, me pongo nervioso, y a medida que la conversación avanza percibo cómo un abismo se abre entre mi interlocutor y yo, como si estuviesen intentando mantener un diálogo un papagayo y un castor.
El otro día Matilda y yo quedamos con Teresa, una amiga a la que no veíamos desde hacía bastante tiempo. La esperamos en nuestro bar de costumbre y cuando se presentó, no lo hizo sola, sino que traía de la mano a su nuevo ligue, un tal Arturo.
Tras las presentaciones nos pusimos los cuatro a hablar pero, como suele ocurrir, Matilda y Teresa se enzarzaron poco a poco en una conversación sólo apta para chicas, dejándome solo ante el peligro. Y como suele ocurrir también, no sabía bien de qué hablar.
Yo: Mi color favorito es el rojo. ¿El tuyo?
Él: El verde.
Yo: Ah.
Yo: Sé recitar el abecedario con eructos. ¿Tú?
Él: No.
Yo: Ah.
Yo: ¿De verdad te llamas Arturo?
Él: Sí.
Yo: Ah.
Decidimos cambiar de bar y nos pusimos a caminar por la calle. Yo no paraba de darle vueltas a la cabeza, tratando de encontrar una conversación con la que ambos nos sintiésemos cómodos, una conversación de tíos. Teresa se puso a hablar de una prima suya a la que Arturo había conocido hacía poco, y se me encendió la bombilla. ¿De qué hablan los tíos? Pues de tías, claro. Así que sin pensármelo dos veces, y guiñándole un ojo a Arturo con complicidad, espeté:
-A ver si me presentas a tu prima esta, que seguro que tiene un buen par de perolas, ¿verdad, Arturo? Ja ja ja.
Silencio sepulcral. Y yo:
-¿Verdad, Arturo?
Y él, con un fino hilo de voz:
-Hombre, no me he fijado mucho, la verdad…
No han entendido la gracia, pensé (¿qué gracia...?), así que cuando estábamos ya con otra copa en la mano, volví a la carga.
Teresa: Pues el otro día quedamos con Jaime y nos pillamos un globo que...
Yo: ¡¡¡UN GLOBO COMO LAS PEROLAS DE TU PRIMA, JA JA JA!!!
Silencio de ultratumba. Teresa me miró indignada, Arturo lo hizo con extrañeza, y cuando lo intenté una vez más: "Sí, ya sabéis, dos globos así, enormes, como las…", Matilda me cortó sutilmente diciéndome al oído con cariño: "¿Por qué no te callas?". Y me callé. Y me sumergí en mi copa. Y me deprimí.
Tras una fugaz despedida (Yo: "Ha sido un placer conocerte"; Arturo: "Ojalá pudiera decir lo mismo…"), volvimos a casa y metí la cabeza bajo las sábanas como un avestruz, avergonzado. Matilda se tumbó a mi lado, tratando de apaciguarme.
Yo: Soy muy malo como chico…
Ella: No, Pol, es que te pones nervioso y dices tonterías.
Yo: Soy malo como chico y además soy tonto.
Ella: No, Pol, pero ¿por qué te empeñas en ser quién no eres?
Tenía (y tiene) razón. A algunos no les gustan las alcachofas. A otros no se les dan bien las matemáticas. Y yo no sé mantener conversaciones masculinas por lo que digo un sinfín de tonterías. Hay que aceptarlo, que para eso sirve hacerse mayor, para asumir quién y cómo eres con resignada dignidad. Y antes de que diga alguna estupidez más, mejor me callo.
