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7
Octubre
2010
Pol Miraflors
¡Por qué no te callas!

Desde siempre me he llevado mejor con las mujeres que con los hombres. Con las mujeres, generalmente, encuentro puntos de unión en las conversaciones, comprendo bien sus emociones y reacciones, atino a despertar su humor.

Con los hombres, en cambio, nunca sé bien de qué hablar, me pongo nervioso, y a medida que la conversación avanza percibo cómo un abismo se abre entre mi interlocutor y yo, como si estuviesen intentando mantener un diálogo un papagayo y un castor.

El otro día Matilda y yo quedamos con Teresa, una amiga a la que no veíamos desde hacía bastante tiempo. La esperamos en nuestro bar de costumbre y cuando se presentó, no lo hizo sola, sino que traía de la mano a su nuevo ligue, un tal Arturo.

Tras las presentaciones nos pusimos los cuatro a hablar pero, como suele ocurrir, Matilda y Teresa se enzarzaron poco a poco en una conversación sólo apta para chicas, dejándome solo ante el peligro. Y como suele ocurrir también, no sabía bien de qué hablar.

Yo: Mi color favorito es el rojo. ¿El tuyo?

Él: El verde.

Yo: Ah.

 

Yo: Sé recitar el abecedario con eructos. ¿Tú?

Él: No.

Yo: Ah.

 

Yo: ¿De verdad te llamas Arturo?

Él: Sí.

Yo: Ah.

 

Decidimos cambiar de bar y nos pusimos a caminar por la calle. Yo no paraba de darle vueltas a la cabeza, tratando de encontrar una conversación con la que ambos nos sintiésemos cómodos, una conversación de tíos. Teresa se puso a hablar de una prima suya a la que Arturo había conocido hacía poco, y se me encendió la bombilla. ¿De qué hablan los tíos? Pues de tías, claro. Así que sin pensármelo dos veces, y guiñándole un ojo a Arturo con complicidad, espeté:

 

-A ver si me presentas a tu prima esta, que seguro que tiene un buen par de perolas, ¿verdad, Arturo? Ja ja ja.

Silencio sepulcral. Y yo:

-¿Verdad, Arturo?

Y él, con un fino hilo de voz:

-Hombre, no me he fijado mucho, la verdad…

No han entendido la gracia, pensé (¿qué gracia...?), así que cuando estábamos ya con otra copa en la mano, volví a la carga.

Teresa: Pues el otro día quedamos con Jaime y nos pillamos un globo que...

Yo: ¡¡¡UN GLOBO COMO LAS PEROLAS DE TU PRIMA, JA JA JA!!!

Silencio de ultratumba. Teresa me miró indignada, Arturo lo hizo con extrañeza, y cuando lo intenté una vez más: "Sí, ya sabéis, dos globos así, enormes, como las…", Matilda me cortó sutilmente diciéndome al oído con cariño: "¿Por qué no te callas?". Y me callé. Y me sumergí en mi copa. Y me deprimí.

Tras una fugaz despedida (Yo: "Ha sido un placer conocerte"; Arturo: "Ojalá pudiera decir lo mismo…"), volvimos a casa y metí la cabeza bajo las sábanas como un avestruz, avergonzado. Matilda se tumbó a mi lado, tratando de apaciguarme.

Yo: Soy muy malo como chico…

Ella: No, Pol, es que te pones nervioso y dices tonterías.

Yo: Soy malo como chico y además soy tonto.

Ella: No, Pol, pero ¿por qué te empeñas en ser quién no eres?

Tenía (y tiene) razón. A algunos no les gustan las alcachofas. A otros no se les dan bien las matemáticas. Y yo no sé mantener conversaciones masculinas por lo que digo un sinfín de tonterías. Hay que aceptarlo, que para eso sirve hacerse mayor, para asumir quién y cómo eres con resignada dignidad.  Y antes de que diga alguna estupidez más, mejor me callo.

Comentarios - 1
10/10/2010 - 21:33 h. 1clar
:)
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Natural de Brooklyn, fue vecino de Woody Allen y, según sus propios palabras, lo único que les diferencia es el éxito. “Soy nervioso, tristón, feote y también llevo gafas, pero a diferencia de él a mí no me conoce ni dios.”
   
   
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