
Miraflors ha estado a punto de morir. Sí. Qué susto. Os cuento por qué: el otro día iba con un amigo fotógrafo en coche por la A-3 (quiere hacer una exposición sobre todos los carteles que uno se encuentra en el trayecto Madrid-Benicarló… estos artistas…) cuando de cara nos encontramos con un camión que cortaba el carril derecho. Mi amigo, que era quien conducía, estuvo a punto de estamparnos contra él. Y así hubiera sido de no ser por mi grito de alerta.
YO: ¡CUIDAAAAAAAAAAAAAAAAAO!
ÉL: ¡HOSTIASSSSSSS!
Pegó un volantazo y nos libramos de acampar de por siempre bajo los míticos dos metros bajo tierra por unos escasos milímetros. Me giré hacia él con el corazón trepándome por el pecho y le dije:
YO: ¡¿Pero estás ciego o qué?!
ÉL: No, tío. Pero desde que andan tan estrictos con los límites de velocidad tengo la manía de conducir mirando exclusivamente el cuentakilómetros.
Lógicamente, me apeé en la siguiente gasolinera, le dije que ya nos tomaríamos un gintonic en la otra vida, y, aturdido como estaba, invertí el periplo de retorno en darle vueltas al asunto de las manías. Hice un repaso de las personas más allegadas a mí y caí en la cuenta de que todos en mayor o menor medida pueden ser tildados de maniáticos.
Uno que se tiene que lavar las manos cada 3 minutos exactamente. Una que tiene que colocar los servilleteros en la misma posición y orden de colores. Uno que desde que vio Karate Kid sólo puede cazar moscas con palillos chinos. Uno que empieza cada frase diciendo "venga, hombre, si es que" aunque vaya a comprar una barra de pan (venga, hombre, si es que… ¿me da una chapata, por favor?). Uno que tiene la extraña manía de respirar por la boca y hablar por la nariz.
Yo, por mi parte y como todo el mundo, tengo las mías. Sumo las matrículas de los coches esperando que sumen 20. Miro siempre el móvil dos veces, aunque la primera haya comprobado la hora y que ni dios se acuerda de que existo. Tarareo mentalmente canciones hasta la náusea. Si voy al videoclub, tengo que alquilar todas las películas de Bruce Lee que pueda. Cuando salgo de casa, cierro la puerta, la vuelvo a abrir, entro de nuevo y me quedo unos segundos pensando en qué me he olvidado, aun sabiendo que no me he olvidado nada. Y, claro, miro al suelo.
Las hay más excéntricas, desde luego. Leí que una señora tenía la manía de hacer formas ondulantes en las hebras de la alfombra con la aspiradora. Si su hijo la pisaba y dejaba una ligera huella, ahí estaba ella con el cacharro de succionar diseñando sobre los filamentos unas bonitas ondas. Volvían de vacaciones y aún no había soltado las maletas que ya estaba manga por hombro en la alfombra creyéndose la Picasso de la Electrolux. Al final su marido se divorció de ella alegando que aquello no era un matrimonio, sino un trío amoroso hombre-mujer-aspiradora. Cosas raras de la vida, chico.
También las hay más crueles. Ahí está la madame Aguirre y su manía de machacar a quien se ponga por delante, por ejemplo (arriba la huelga de Metro y un olé por los cojonazos de sus trabajadores; hasta que no entendamos que para ganar todos, todos tenemos que sacrificarnos un poco, no iremos a ninguna parte (vale, esto es propaganda politiquera, cosa que no suelo hacer, pero tampoco suele pasar lo que ha pasado y es digno de mención)).
Pero lo más característico de las manías es que siempre pensamos que somos amos y señores de ellas. Es como si nos las hubiésemos inventado, como si nos perteneciesen sólo a nosotros. Y no. Introduces en google tu manía más extravagante (vestir sólo y siempre de fucsia, comprobar que no haya nadie detrás de la cortina de la ducha de tu propia casa, contar los pelirrojos que te cruzas por la calle) y resulta que hay mucha gente afiliada a esa misma chifladura. Mucha muchísima. Y, de algún modo, alivia, porque eso de quiero ser único está bien para lo positivo, pero pica más que un grano con respecto a lo desagrable.
Llegamos acá con una soledad impuesta, manteniendo un permanente diálogo con nosotros mismos. Eso es irrevocable. Pero entre esa entrada solitaria y el adiós despoblado, lo que más puntúa son las cotas de conexión que establecemos con los demás. Es lo que nos mantiene enchufados al mundo. Aunque sólo sea por coincidencia a nivel de manías.
Así que que levante la mano el que comparta una de las mías.

