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Jueves, 09 de Febrero de 2012 - 07:33 AM
28
Julio
2010
Pol Miraflors
Pol Miraflors nos habla de sus manías

Miraflors ha estado a punto de morir. Sí. Qué susto. Os cuento por qué: el otro día iba con un amigo fotógrafo en coche por la A-3 (quiere hacer una exposición sobre todos los carteles que uno se encuentra en el trayecto Madrid-Benicarló… estos artistas…) cuando de cara nos encontramos con un camión que cortaba el carril derecho. Mi amigo, que era quien conducía, estuvo a punto de estamparnos contra él. Y así hubiera sido de no ser por mi grito de alerta.

YO:     ¡CUIDAAAAAAAAAAAAAAAAAO!

ÉL:      ¡HOSTIASSSSSSS!

Pegó un volantazo y nos libramos de acampar de por siempre bajo los míticos dos metros bajo tierra por unos escasos milímetros. Me giré hacia él con el corazón trepándome por el pecho y le dije:

YO:     ¡¿Pero estás ciego o qué?!

ÉL:      No, tío. Pero desde que andan tan estrictos con los límites de velocidad               tengo la manía de conducir mirando exclusivamente el cuentakilómetros.

Lógicamente, me apeé en la siguiente gasolinera, le dije que ya nos tomaríamos un gintonic en la otra vida, y, aturdido como estaba, invertí el periplo de retorno en darle vueltas al asunto de las manías. Hice un repaso de las personas más allegadas a mí y caí en la cuenta de que todos en mayor o menor medida pueden ser tildados de maniáticos.

Uno que se tiene que lavar las manos cada 3 minutos exactamente. Una que tiene que colocar los servilleteros en la misma posición y orden de colores. Uno que desde que vio Karate Kid sólo puede cazar moscas con palillos chinos. Uno que empieza cada frase diciendo "venga, hombre, si es que" aunque vaya a comprar una barra de pan (venga, hombre, si es que… ¿me da una chapata, por favor?). Uno que tiene la extraña manía de respirar por la boca y hablar por la nariz.

Yo, por mi parte y como todo el mundo, tengo las mías. Sumo las matrículas de los coches esperando que sumen 20. Miro siempre el móvil dos veces, aunque la primera haya comprobado la hora y que ni dios se acuerda de que existo. Tarareo mentalmente canciones hasta la náusea. Si voy al videoclub, tengo que alquilar todas las películas de Bruce Lee que pueda. Cuando salgo de casa, cierro la puerta, la vuelvo a abrir, entro de nuevo y me quedo unos segundos pensando en qué me he olvidado, aun sabiendo que no me he olvidado nada. Y, claro, miro al suelo.

Las hay más excéntricas, desde luego. Leí que una señora tenía la manía de hacer formas ondulantes en las hebras de la alfombra con la aspiradora. Si su hijo la pisaba y dejaba una ligera huella, ahí estaba ella con el cacharro de succionar diseñando sobre los filamentos unas bonitas ondas. Volvían de vacaciones y aún no había soltado las maletas que ya estaba manga por hombro en la alfombra creyéndose la Picasso de la Electrolux. Al final su marido se divorció de ella alegando que aquello no era un matrimonio, sino un trío amoroso hombre-mujer-aspiradora. Cosas raras de la vida, chico.

También las hay más crueles. Ahí está la madame Aguirre y su manía de machacar a quien se ponga por delante, por ejemplo (arriba la huelga de Metro y un olé por los cojonazos de sus trabajadores; hasta que no entendamos que para ganar todos, todos tenemos que sacrificarnos un poco, no iremos a ninguna parte (vale, esto es propaganda politiquera, cosa que no suelo hacer, pero tampoco suele pasar lo que ha pasado y es digno de mención)).

Pero lo más característico de las manías es que siempre pensamos que somos amos y señores de ellas. Es como si nos las hubiésemos inventado, como si nos perteneciesen sólo a nosotros. Y no. Introduces en google tu manía más extravagante (vestir sólo y siempre de fucsia, comprobar que no haya nadie detrás de la cortina de la ducha de tu propia casa, contar los pelirrojos que te cruzas por la calle) y resulta que hay mucha gente afiliada a esa misma chifladura. Mucha muchísima. Y, de algún modo, alivia, porque eso de quiero ser único está bien para lo positivo, pero pica más que un grano con respecto a lo desagrable.

Llegamos acá con una soledad impuesta, manteniendo un permanente diálogo con nosotros mismos. Eso es irrevocable. Pero entre esa entrada solitaria y el adiós despoblado, lo que más puntúa son las cotas de conexión que establecemos con los demás. Es lo que nos mantiene enchufados al mundo. Aunque sólo sea por coincidencia a nivel de manías.

Así que que levante la mano el que comparta una de las mías.

Comentarios - 2
15/08/2010 - 11:36 h. 1Pol Miraflors
Pues sí, es lo que tienen las manías, además de graciosas son contagiosas. Cuando vives y compartes tanto con una persona llega un momento en el que parece que absorbes tanto sus obsesiones y maneras de hacer que pierdes la línea que os diferencia. No sabes dónde acaba uno y empieza el otro. Quizá el amor también sea una manía. Bonita, eso sí.
Saludotes.
(lo de las canciones en la cabeza es para tirarse por un puente, sí)
11/08/2010 - 19:08 h. 2Nuria
Qué bueno! Cuando empecé a salir con mi chico hace casi 6 años, me fijaba en todas sus manías (esa es una de las mías, observar a los demás y psicoanalizarles, en silencio y en secreto). Me hacían mucha gracia todas y cada una de ellas. Ahora hay alguna que me da dentera: antes de apagar la tele baja el volumen a cero, y cuando voy a encenderla me encuentro a gente haciendo mimo y me toca subir el volumen con desesperación mientras le dedico piropos mentalmente. Luego le pido explicaciones cabreada como un mono, pero no llegamos a un acuerdo. Una que me ha contagiado es arreglar constantemente las sabanas que cubren los sofás. Yo tengo muchismas. Lo de tener una canción en la cabeza ha llegado a jartarme cosa mala; cuando tiendo los calcetines los tiendo con su parejica al lado, si me sale uno y no veo a su compi, lo dejo pal final hasta que sale el otro y entonces los tiendo; cuando hago la compra y la meto en las bolsas, lo hago pensando en cómo va a ir luego guardada en casa: la verdura toda junta, los botes juntos, la droguería junta (para mí esto es algo normal y práctico, pero mi novio dice que es una manía). Cuando compro el pan en el super, apreto la barra suavemente a ver si tiene el cruje cruje como a mí me gusta (mi novio se tira de los pelos con cada cruje cruje); me gusta oler la comida, sobre todo el jamón serrano, el queso y las chuches; los refrescos me los bebo en la lata (limpiarla siempre antes de); si no llevo un paquete de clínex y una botellita de agua en el bolso, no soy persona; una que me contagió mi padre es la forma de fregar y enjuagar los cacharros, 1ºlos vasos, luego los platos y por último los cubiertos y cacerolas. Cuando veo a alguien fregar al tuntun es que no lo entiendo! Mi hermana tiene una muy graciosa. Sacar parecidos a las personas. Estamos en un concierto, se me acerca al oido y me dice: el guitarra se parece al que salía en la serie..., estamos viendo la tele, ese se parece a..., vamos por la calle y le digo: mira que chica tan guapa, y me dice: es una mezcla entre...y...jajaja, no falla. Es un mundo fascinante el de las manías, sí, a mí me encanta. Un saludote!
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Natural de Brooklyn, fue vecino de Woody Allen y, según sus propios palabras, lo único que les diferencia es el éxito. “Soy nervioso, tristón, feote y también llevo gafas, pero a diferencia de él a mí no me conoce ni dios.”
   
   
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