
Los planes te abordan, no los llevas metidos en el bolsillo. Siempre he sido militante de esta idea. La vida se abre camino sí o sí y sin excepción por encima de nuestras decisiones personales, hasta tal punto que no conozco a casi nadie que sea al 100% quién había diseñado ser. De no ser así, todo los hombres serían bomberos o astronautas.
Una vez asumido esto, y como me dijo una amiga realizadora sueca, existen dos tipos de personas: los que la vida les lleva y los que llevan a la vida. Los primeros se sientan a esperar a ver qué les depara el devenir, mientras que los segundos son como galgos correteando de acá para allá sin parar de olisquear lo que les rodea.
Os voy a hablar de mi grandísimo amigo Greyman. Como sois gente avispada, ya habréis intuido que Greyman no se llama Greyman porque sí. De todas las personas que me he echado a la cara, que no son pocas, él ha sido sin duda la más gris. Inteligente como pocos, viejo a los 20 años, su aspecto era gris, su mirada era gris, su rutina, claro, gris también, y sus aficiones, a ver si lo adivináis... pues sí, grises grises. Ganó un premio de poesía con un poema que tituló "hombre gris". Huelga decir nada más. Y de ahí que lo re-bautizase como Greyman.
Mientras los demás se adentraban en la cultura Manga o se empapaban del espíritu aventurero de Kerouac, Greyman destinaba sus horas de lectura a aprenderse de memorieta la historia de Babilonia. Mientras los demás perfeccionaban el Abuken y el Soriuken en el Street Fighter, él jugaba al ajedrez o al cinquillo. Mientras los demás se alcoholizaban en Pachá, los bajos de Moncloa o el Speak Easy, él se sentaba a comer bolitas de queso y beber calimocho de brick en un banco del parque.
No es que la vida le llevase, es que parecía que él fuese 200 metros por detrás de ella.
Yo le llamaba y le decía:
-Voy a una exposición de fotografía. ¿Quieres venir?
-Uff, no sé, no sé... mejor me quedo en casa.
Al día siguiente me llamaba:
-¿Qué tal?
-Una locura. Nos hicimos amigos del fotógrafo y acabamos a puerta cerrada en su estudio haciéndonos una sesión con unas modelos. Llegué a casa a las 7 de la mañana. ¿Y tú?
-¿Yo? Estuve haciendo papiroflexia. Me salió una rana muy mona. Salta y todo.
A lo largo de los años, la frase que más le he escuchado decir a Greyman es: "nunca me pasa nada. Ni bueno, ni malo. Nada." Y cada vez que me lo ha dicho me han entrado ganas de responder: "amigo, para que te pase algo tienes que hacer algo." Pero como también sé que por mucho que te las repitan uno sólo aprende las lecciones por sí mismo, siempre he preferido callar.
Y, efectivamente, ya sea por hartazgo, desesperación o por evitar una muerte prematura, algo detonó dentro de Greyman. Comenzó poco a poco, un plan aquí, un plan allá, y como unas cosas llevan a otras, de un plan salía otro, de una quedada florecía otra más, y así sucesivamente. Pasó de ser un experto de la brisca y del no a ser un feligrés del sí y de subirse a la barra de los bares para marcarse un strip-tease, de restregarse con mujeres hechas a imagen y semejanza de la protagonista de una fantasía erótica, de participar en partidas clandestinas de póquer, de escuchar no sólo ópera sino también a los Manowar.
Ahora, más cerca de los 40 que de los 20, es él el que me llama un lunes para liarla parda. Ahora él lleva a la vida, y no al revés. Ahora, en estos precisos momentos, está pasando la Semana Santa en China, vete tú a saber cómo o por qué revoltijo del destino. Greyman, al que en este momento re-re-bautizo como Planman, entró en crisis y reaccionó, se levantó del sofá y empezó a corretear. Se hizo galgo.
Actualmente, la crisis nos azota a todos. Y creo que esta historia es un buen referente de lo que hay que hacer, o de lo que no hay que dejar de hacer: moverse.
No se encuentra el tesoro si no se busca.
