
¡Oh, no! ¿Pero es que Miraflors va a hablar de fútbol? No me lo puedo creer. ¡¿DE FÚTBOL?! Que no puede ser, no me lo creo. Que no, que es una trolaca. Miraflors y fútbol son palabras incompatibles. Pero si no tiene ni idea el tío, una vez preguntó si no se jugaba nunca sobre tierra batida, como en el tenis. Si piensa que "vaya delantero" es el término que se utiliza para denominar a las tetas masculinas. Miraflors no puede hablar de fútbol, es imposible, nunca ocurrirá.
Pues, amigos, está ocurriendo. Sí. Este post va sobre fútbol. Bueno, va sobre fútbol y no va sobre fútbol, porque no es de fútbol en sí de lo que quiero hablar. No voy a divagar sobre las reglas de juego, ni si deberían o no permitir el uso de las tecnologías para corregir los patanerías arbitrales, y mucho menos sobre si alguien tendría que aclararle a CR9 que a Las Vegas se va a meter monedas en las tragaperras y no a meter otras cosas en perras que se lo tragan todo (sí, ya sé que era un rumor y que por lo visto ha sido a través de una madre de alquiler, pero me hacía gracia el juego de palabras).
Quiero hablar sobre por qué este pasado domingo un árbitro pitó el final de un partido y yo salí corriendo, me asomé a la terraza y comencé a gritar ¡CAMPEOOOOONES! como si estuviese poseído por el alma satánica de un cantante de black metal. Chillé, vociferé, aullé dejándome la garganta, las cuerdas vocales y los pulmones. Y no entendía por qué. No sabía qué me había llevado a tener tal arrebato, a convertirme en un jovial y un tanto pedete Freddy Mercury desgañitado.
Ahora, días después y habiéndose sosegado un poco el mar de emociones y superada la resaca nacional, empiezo a vislumbrar la razón para tanta irradiación de serotonina. Teniendo en cuenta que el fútbol me interesa lo mismo que la trama de una película de Steven Seagal, y tras habérmelo planteado unas cuantas veces, llego a la única conclusión posible del por qué de mi júbilo: porque este triunfo en el mundial representa el triunfo de lo mediocre. Y con mediocre me refiero a común. A no especial. A no galáctico. A algo de estar por casa. A lo de todos los días. A receta no mágica.
Sin poder recurrir al uso de tecnicismos futbolísticos por absoluta ignorancia, sí puedo decir que lo que he percibido partido a partido es un equipo formado por personas que antes que carrileros, defensas o rematadores, antes que ser miembros de éste o aquel equipo, antes que pensar en las insultantes millonadas que se embolsan por dar pataditas a un balón, antes de nada, se han comportado como gente normal y corriente. Como gente de a pie. Han tenido la misma actitud que la de un mozo de hotel o un peón de obra, una actitud carente de pretensión, la actitud del que se levanta al alba y se arremanga para la tarea diaria de recolectar fresas de sol a sol. Como tú y como yo.
Es el triunfo del pueblo. Y, sobre todo, la victoria de la humildad. Es el éxito de un grupo de deportistas de elite que se ha mostrado a imagen y semejanza del individuo desconocido y anodino, es la coronación de un clan que parece que vive y habita aquí, muy lejos de la galaxia en la que moran los Cristianoronaldos, los Beckhams y los Eto´os.
La conquista de gente de este planeta.
Excepto el pulpo Paul, que sí que es de otro universo. O dimensión.

