
Nunca se me han dado bien las relaciones, como nunca se me ha dado bien la vida. Al igual que la vida, las relaciones me han parecido raras, extrañas, improbables. Sé que en general la gente busca ansiosamente tener una relación y que esto es lo normal, pero a mí lo normal siempre me ha parecido muy raro. Seguramente, claro, el raro sea yo. Y no es que yo lo diga, es que lo dicen mis amigos, mis parientes y mi psicólogo.
Matilda, mi pareja, creo que también lo piensa. Y digo creo porque en muchas ocasiones lo que se dice no es lo que se piensa, en muchas ocasiones se dicen cosas que se piensan a medias, que se piensan puntualmente o que se dicen por decir; pero decírmelo ella me lo dice bastante, que soy raro. Normal.
Normal porque lo que no es normal es tener tantas obsesiones, miedos y manías (a bote pronto, me da pavor hablar en público, odio montar en avión y siento terror ante la cabeza de una gamba). Normal porque lo que no es normal es leer Las Flores Del Mal a los catorce años pero aficionarte a las consolas a los 31. Normal porque lo que no es normal es que la primera palabra que digas después de papá y mamá sea tractor. Pero, chico, cada uno con lo suyo.
Cómo no, para las relaciones también soy raro. Por ejemplo, en la ubicación temporal. Y es que lo he hecho todo al revés: con 15 años, mientras el resto de prepúberes se enamoraban de la juerga infiel y los morreos a diestro y siniestro, yo lo hacía de una chica mona a la que prometí monogamia absoluta y con la que establecí una relación demasiado adulta y adulterada. Posteriormente, cuando a los demás les dio por hincar la rodilla anillo en mano y perpetuar la especie, yo me dediqué a los morreos anónimos y la verbena de la carantoña nocturna.
Cuando me topé con Matilda dejé de habitar en múltiples cuerpos y mudé mi corazón definitivamente junto al suyo, pero lo que no pude dejar de frecuentar fue la rareza. Y por tanto, mientras otras parejas desayunan cafés y cruasanes sobre la cama, yo engullo ansiolíticos bajo ella; mientras otros van a éste o a aquel restaurante, nosotros huimos del bufé y el mesón porque me provocan claustrofobia; mientras los enamorados se dejan notitas azucaradas pegadas en la nevera, yo le recito aciagos poemas que nos hacen llorar a moco tendido.
Lógicamente, discutimos. Y como seres pasionales que somos, nuestras discusiones alcanzan cotas épicas. Gritamos y lloramos y nos abrazamos y nos volvemos a gritar. ¿Por qué? Por cosas raras, claro: que si le dedico más tiempo a mis amigos imaginarios que a ella, que si me gusta más cómo sabe el Lexatin que sus empanadillas, que si estoy pagando con ella que mis alter egos estén peleados porque uno es de derechas y el otro de izquierdas. En fin.
Un día, después de una gran trifulca, me desahogaba con un amigo que me preguntó si no pensaba que era mejor romper la relación. Respondí que no, y me preguntó por qué.
-¿Por qué? Mira, el otro día fuimos a darnos un masaje y cuando salimos estábamos los dos más estresados de lo que entramos. Los dos coincidimos en pensar todo el rato que a nuestro respectivo masajista le podía dar por intentar estrangularnos -le contesté.
Es posible querer a alguien que comprenda y respete que no te gusta el tomate. Pero es imposible no querer a alguien que comprenda y respete que no te limpies nunca las orejas a fin de conseguir una barrera impenetrable de cera, por si un día vas a un río y una culebrilla intenta colarse por ellas. Que una persona respete tus áreas más oscuras te genera un vínculo inquebrantable para con ella. Que además las comprenda te hace sentir que no estás solo cuando viajas al infierno. Aquí lo inquebrantable es el amor.
Gracias por tener el coraje de quererme a pesar de ser yo, con unas maldades que no son las aquí escritas pero sí igual de ridículas y molestas.
Matilda, este escrito es para ti.
