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Jueves, 09 de Febrero de 2012 - 07:18 AM
30
Junio
2010
Pol Miraflors
El humor en los tiempos del cólera

Si hay algo que no hay que tomarse en broma, eso es el humor. Nunca. El humor es un tema muy serio. Y hablo de humor hablando de risa, de risa sana y abierta, extrovertida y compartida.

De sobra es sabido por todos que la risa y el sentido del humor tienen ciertas propiedades beneficiosas e incluso curativas a nivel físico y mental, siendo posiblemente más potentes en la lucha contra la depresión y el estrés que muchos fármacos y pócimas. Como reza el archiconocido y multimencionado anuncio del alargador de la manguera viril : "no es un medicamento pero tiene efectos secundarios."

El problema está en que el panorama actual no arroja demasiadas oportunidades para sonreír. Paro masivo, hipotecas que ahogan, reducción de los salarios, jornadas extenuantes y un espinoso etcétera, además de todo un elenco de dirigentes de corte patán que se muestra aparentemente incapaz de mantener a flote el tinglado que han construido.

Corren los tiempos del cólera. De la población encolerizada, irritada, iracunda.

Normal, lógico y cabal. Nos han vendido caviar a precio de regaliz y ahora nos dicen que nos toca apoquinar la diferencia más unos intereses estratosféricos. Y esto no da para muchas risas, no. O sí. Porque como bien dicen los cómicos de profesión, es un momento muy jodido para concebir chistes ya que los chistes vienen dados, no hay más que hacer un repaso general a los titulares de la prensa diaria (a título personal confesaré que mi comediante favorita es Ana Samboal, me descojono con las burradas que suelta). Pero en estos casos es más un reír por no llorar, y no se trata de eso.

Las últimas palabras de Braveheart fueron: nos podrán quitar nuestra vida, pero no podrán robarnos nuestra libertad. Con permiso de Mister William Wallace, voy a adaptarlas a la era moderna: nos podrán quitar la casa, el puesto de trabajo o las vacaciones en Caños de Meca, pero no podrán robarnos nuestras carcajadas.

No estoy diciendo con esto que haya que batir la mandíbula siempre, ante cualquier circunstancia.

COLEGA 1:   Macho, mi mujer me ha dejado.

COLEGA 2:   ¡No jodas, qué bueno, ja ja ja!

COLEGA 1:   Se ha liado con su jefe.

COLEGA 2:   ¡¡¡Buah, es que me parto, je je je!!!

COLEGA 1:   Y se ha llevado a los niños.

COLEGA 2:   ¡¡¡¡¡NO SIGAS, NO SIGAS, QUE ME MONDO, JJJI JI JI JO JU!!!!!

Digo que las cosas son; cómo son lo podemos decidir nosotros. Hay veces que no, hay veces que la calamidad no tiene vuelta de hoja y no queda más remedio que resignarse al mamporro, pero muchas otras nos empeñamos en enfocar sólo el infortunio obviando que toda situación ofrece su oportunidad. Hay presos que invierten su estancia en la cárcel para alimentar su yo delictivo, y los hay que la aprovechan para licenciarse en Derecho. Como me dijo un amigo: mientras unos lloran, otros venden pañuelos.

A medida que los años transcurren la vida se va poblando de responsabilidades. Y como ya comenté en un post anterior, es prácticamente imposible cumplir con todas ellas. Pero si hay una de la que no podemos rehuir es de la de reírnos todo lo que podamos. El humor es el más efectivo antídoto para neutralizar las desolaciones de la vida.

Sí, siempre nos vamos a topar con malparidos empecinados en entintar nuestro semblante con el quebranto de la zozobra. Avaros banqueros, politicuchos depravados, jefes doctorados en la truculencia. Pero ya sabes lo que dicen: si no puedes con ellos, riételes.

Ja.

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Natural de Brooklyn, fue vecino de Woody Allen y, según sus propios palabras, lo único que les diferencia es el éxito. “Soy nervioso, tristón, feote y también llevo gafas, pero a diferencia de él a mí no me conoce ni dios.”
   
   
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