
Menuda racha. Sólo este año llevo ya seis bodas. Sí, seis, y estamos en junio. No quiero ni pensar lo que puede ocurrir cuando empiece la temporada alta de casamientos. De seguir así, me voy a pasar el año quitándome un traje de marinerito para embutirme en otro.
Pero no agarréis mis palabras por el lado que no es, no es que las bodas me disgusten. Vale, lo del uniforme chaquetacorbatiano es un suplicio (al menos para mí, amante incondicional del gayumbo como única prenda de pernera y de la chancla como calzado formal) y tampoco es que sea muy ducho y secuaz en y de investiduras protocolarias (siempre confundo el cuchillo de carne con el de pescado, o el centro de mesa con un cenicero), pero al margen de eso los festejos nupciales son una inequívoca excusa para el despiporre y el libre fluir de las exaltaciones de amistad. Y esto hay que valorarlo, y mucho.
A mí lo que me pesa es el padecer de los agraciados, que parecen sufrir una metamorfosis kafkiana. El día que un amiguete os reúne y os dice "tengo una gran noticia: me caso", es el día que parece que se agota su felicidad. Pasa de ser un happy guy a, con los meses, asemejarse más y más a un escarabajo: mirada sombría, cuerpo encorvado, tristeza amontonada, agobios, pataletas y terror.
Normal.
Para empezar, si te vas a casar tienes que presentar una facha como mínimo aceptable. "Una facha como mínimo aceptable" viene a significar: amigo mío, ya te estás deshaciendo de esos 25 kilitos que te sobran. Esto, a su vez, viene a significar: pásate los siguientes 6 meses alimentándote a base de zumo de limón y aire. El día de la boda, aparte de tener pinta de acabar de escapar de un campo de concentración, te plantan el solomillo en el plato, das dos bocados y explosionas.
Para seguir, ponte a buscar ese sitio principesco en el que dar el "sí, quiero". Mientras que tú barajas opciones asequibles geográficamente, tu futura mujer es poseída por el espíritu de Labordeta y se patea mesetas y cordilleras hasta dar con el idílico escenario.
Ella: Cariño, lo tengo: un viejo palacete mozárabe en el monte de Corbalán.
Tú: (con temblor de labio) ¿Corbalán? ¿Eso no está en…?
Ella: Sí, en Teruel. Concretamente a 14 kilómetros montaña arriba. ¿Pasa algo?
Tú: Pasa que ni las cabras saben llegar hasta ahí, pero si es lo que quieres…
Y es que no nos engañemos: el día de tu boda es el día de la boda de tu mujer. Es el día de las mujeres por definición. Ellas mandan, dirigen y deciden. Y se acabó. Esto queda más que demostrado en el siguiente punto de la exposición, el negocio todo-a-mil-euros: cuando te vas a casar, todo te cuesta mil cucas. Uy, qué alfombra tan bonita para la entrada del restaurante ¿cuánto costará? Mil cucas. Uy, qué ramo de flores tan colorido para la iglesia ¿cuánto costará? Mil cucas. Uy, qué mantel con dibujitos de Piolín más majo para el banquete ¿cuánto costará? También, también, mil cucas.
Generalmente, si por el varón fuera, la alfombra se compraba en Ikea, las flores se arrancaban del parque y los manteles se robaban de las bandejas del Burger King. Y a volar.
Pero no. No, porque el amor todo lo puede. Porque el amor es punta de lanza, es escudo espartano, es onda de David que derrota a Goliat. Amar es sentir que alguien más importante que tú ha entrado en tu vida.
Y por eso lo hacemos, por eso, unos más otros menos, nos ilusionamos con la bonita alfombra, con el colorido ramo de flores, con el mantel a lo Piolín, con el monísimo y semiderruido palacete mozárabe. Nos ilusionamos con todo ello no porque nos haga ilusión a nosotros, que puede ser, sino sobre todo porque nos hace ilusión que os ilusione a vosotras.
Por eso y porque esperamos que a vosotras os hagan igual de ilusión nuestras tardes de colegas y Atleti.

