
Esta mañana me levanté de la cama sobreexcitado, emocionado y ansioso, tenía ganas de ver a la ganadora del Premio Cervantes, esa extraordinaria mujer: Ana María Matute.
¡Hoy es la gran noche, la noche de los libros!
Preparé todo mi pequeño arsenal y desempolvé aquellos sonetos que escribí en mis épocas de revolucionario en Paris. Declamé un par de versos frente al espejo, y fui casi flotando de camino a la tintorería a recoger mi Frac.
A las ocho en punto de la tarde me presenté en aquel bar mítico de Malasaña donde se reúne toda la alcurnia intelectual de Madrid, los poetas más malditos y bastardos de todo el continente y se bebe una Absenta Negra que roza el límite de la ilegalidad.
Allí, en el templo de la Bohème madrileña, firmaría esta noche sus libros y nos regalaría unas palabras Ana María Matute, la recién condecorada con el Premio Cervantes. Soy su FANS número uno.
Antes de cruzar el umbral de la puerta, me sorprendieron las tres enormes bolas de paja que recorrían la callejuela de un lado a otro. Dentro, lo entendí todo, no había ni un alma, ni siquiera el camarero. Hago ademanes, silbidos y todo tipo de aspavientos para llamar la atención de nadie. Hasta que de repente, logro adivinar al fondo del salón, detrás de una puerta entre abierta, a un hombrecillo que limpiaba los servicios.
Me dirijo hacia él y le pregunto: "¿Disculpe donde han ido todos, por qué no hay nadie? El señor se dio vuelta, y con cara de pocos amigos me responde resoplando: "¿Pero no lo ve, aquí no echamos el partido!"
