
Tim Burton me llamó para preguntarme qué me había parecido su última película, Alicia en el país de las maravillas. Espantosa, le dije. Él se alegró mucho porque para Tim todo lo que sea tétrico, sombrío y espantoso es bueno, bonito y maravilloso. Sin embargo, no era ese tipo de espanto al que yo me refería, sino al espanto espantoso de verdad. Quizá esté siendo demasiado duro, la película no es bochornosa, pero siendo Tim quien es y habiendo hecho lo que ha hecho, uno se introduce en el cine con las expectativas up in the air.
Sin embargo, la cosa no acaba ahí. No es que Alicia en el país de las maravillas no me gustase, es que últimamente me cuesta mucho encontrar buen material. Llevo una larga temporada ya que le doy al play sintiéndome defraudado de antemano. Y lo mismo me pasa con los libros: me trago página tras página rezando para que en la siguiente encuentre algo que rescatar, aunque sólo sea una mísera frase.
Pero no. O no suele.
Pensar que el talento y el buen hacer artístico han entrado en barrena es una idea que me aterra, así que me inclino a pensar que el problema habita en mí. Y es que parece que me he acarlosboyerado en los últimos tiempos: nada me gusta plenamente. A todo le saco algún pero: la idea está bien pero la trama falla, la trama está bien pero la idea no hay por dónde cogerla, los diálogos regulín, los efectos especiales son cacastróficos, etc.
Supongo que es una cosa de la edad, que clausura la capacidad de asombro y afila el criterio. No sólo envejece el cuerpo, también la credulidad. Esto viene muy bien frente a, por ejemplo, las propagandas de telefonía móvil: sabes de sobra que a cualquier oferta que anuncien a bombo y platillo hay que sumarle su ánimo imparable de lucro y que su único propósito es sacarte los mangos, lo que te supone un ahorro significativo en disgustos.
Pero echo mucho de menos la época de virgen opinión en la que todo era válido y agradablemente sorpresivo. Añoro quedarme pegado a la butaca como me quedé con 2046, con Pulp Fiction, con El Club de la Lucha, con Memento, con Miedo y Asco en las Vegas, con París, Texas, con Cómo Ser John Malkovich, con Hurlyburly, con El Padrino II. Anhelo volver a sumergirme en un libro como lo hice con Las Flores del Mal, Factotum, El Jugador, Ampliación del Campo de Batalla, American Psycho, Germinal, Dinos Cómo Sobrevivir a Nuestra Locura.
Pena penita pena, parece que saber con mayor atino qué nos satisface cercena parcelas que antaño ofrecían deleites titánicos. Veías Rambo 2 y te resbalaba que las explosiones fuesen petardos de a cinco duros, que las metralletas fuesen de plasticurri o que el careto de Stallone fuera un escenario de gestos casi pornográficos. Te colaban hasta el tuétano que se curaba una herida de flecha explosiva haciéndose una loncha de pólvora a través del hígado y tú tan feliz.
Por otro lado, es muy tentador endosarle el carácter cítrico a la edad y reprobar sin remilgos como si uno fuese Scorsese o Cervantes, tal y como está haciendo un servidor. Justo sería que se me dijese: pues si no te gusta lo que hay, hazlo tú chaval.
Bien, desvelaré que en ello estoy. El libro está enfilado. La película casi también, sólo me falta el título. Me debato entre "Esta Abuela es un Martirio" y "Polente, el brazo cegato de la ley".
Se admiten sugerencias.

