
“Uno no se bautiza sí no tiene padrino” dice el dicho popular, y más en los tiempos que corren. Sí a ello le unes que tu padrino es el hombre más rico del mundo, te aseguras la comunión y la boda, sí lo deseas. Este es el caso de Sergio Pérez, piloto mejicano de Fórmula 1 para el equipo Sauber, que tiene como mecenas a Carlos Slim, dueño de la empresa TelMex y número uno de la lista de los hombres más ricos del mundo elaborada por la revista 'Forbes'.
La etiqueta de enchufado persigue a Sergio desde que llegó al circo de la Fórmula 1, aunque su calidad y talento están haciendo olvidar el apoyo que lleva detrás para empezar a fijarse en el gran futuro que tiene por delante. Criado en la academia de Ferrari para jóvenes promesas, fue Peter Sauber el que le dio la oportunidad de su vida otorgándole el volante de uno de sus monoplazas.
Desde el principio se ha empeñado en desprenderse del lastre de ser considerado un piloto de pago. En su primer Gran Premio, en Australia, terminó en un meritorio séptimo lugar, aunque luego los jueces cancelaron sus resultados por una anomalía en su alerón. Ya había demostrado que era capaz de competir con los mejores y que lo único que podía hacer era crecer y mejorar.
En Malasia por fin ha podido escuchar halagos sin ese molesto ruido de fondo. Su exhibición en el circuito de Sepang, dónde sólo Fernando Alonso se interpuso entre él y la victoria, le ha colocado cómo la mayor promesa de la Fórmula 1. Ahora se encuentra en el momento más complicado de toda carrera, esa delgada línea que separa el éxito del fracaso: confirmar las expectativas.
La siguiente parada será el circuito chino de Shangai. Allí, deberá demostrar a los mandos del Sauber que ha llegado para quedarse y que puede aspirar a cotas más altas. En especial, al volante del Ferrari de Felipe Massa, cuestionado cada día más por los ‘tifosi’. Aunque aún le quedan muchas cosas por confirmar, Sergio se ha ganado el derecho a soñar. Ahora ya sin la etiqueta del ‘sobrino de Slim’.
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