El Referente por un día con la Compañia Nacional de Danza
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Cultura. Contemporáneo

El Referente pasa un día con la Compañía Nacional de Danza

Bailarines Tamako Akiyama y Daan Vervoort.

‘Demodé’ es una pieza basada en una declaración de intenciones tanto artísticas como sociales.

1Miguel Doncel - 15-11-2012

En una sala amplia y cálida, acordonada por bancos de madera, espejos y un suelo grisáceo, se reparte el cuerpo de baile de la Compañía Nacional de Danza. Bailarines que se tornan en esculturas, movimientos que nacen del alma y mucho esfuerzo para presentar la pieza ‘Demodé’, realizada por el coreógrafo Iván Pérez y que se estrena hoy en el Matadero de Madrid.

‘Demodé’ es una obra basada en una declaración de intenciones artísticas y sociales. “Mi idea es presentar lo obsoleto, lo pasado de moda”, avanza Iván Pérez. Para hacerse un hueco en el mundo del arte y la danza se tenía que decidir por un estilo, es la tendencia lo que se plantea para crear ‘Demodé’. “Dónde estamos, qué hacemos, a dónde vamos”, cuestiona el coreógrafo en la obra. Para él formar parte de un rol ya creado supone implicarse con lo nuevo.

La coreografía de ‘Demodé’ rompe con la rigidez en la primera posición de la pieza. El bailarín principal se coloca en el centro de una uve invertida formada por otros seis bailarines. Posando con una mano echada en la cadera o con una pierna aletargada sobre la otra, se mantienen rígidos. Desde el centro de las posiciones se comienzan a romper las figuras, se van tocando y desfigurando, incitándose entre ellos, desatando las formas establecidas.

Bajo el chascarrido de los calcetines frotándose en el suelo plastificado, el bailarín crece hacia los brazos despuntando en los dedos. Las caderas pierden su natural rigidez y la columna se hace goma mientras contagia su movimiento al resto del cuerpo que se pierde entre el contoneo de las notas. “Tenéis que conectar con vuestra parte más visceral y empujarla hacia fuera”, explica el coreógrafo Iván Pérez a los alumnos.

COMIENZA LA CLASE, EMPIEZA EL DÍA

A las diez de la mañana comienza el calentamiento. Una clase de pilates en la que la música desgastada se contempla como el triunfo sobre el cuerpo. Iván Pérez recalca a los alumnos que deben dar vueltas sobre si mismos, usando los brazos y las piernas, agarrando el suelo. “Os tenéis que preguntar cuál es el punto de apoyo que usáis para avanzar”, reitera. Cuando el reloj se cansa del calentamiento, los bailarines se dirigen al final de la sala y es entonces cuando el cuerpo viaja hacia la descomposición de su forma.

Justo después de trabajar en la amplitud, se detallan los movimientos. Los bailarines se colocan por parejas de tres. Es el momento en el que la complicidad entre el elenco se hace visible. El joven de los pantalones rayados de amarillo y negro, con una camiseta negra, se contonea gracioso ante su compañera, de la que nace una brusca sonrisa. Ese joven se llama Allan Falieri, es natural de Rio de Janeiro, lleva 19 años bailando y es uno de los bailarines principales. Fruto de la casualidad comenzó en la danza, cuando le vio un amigo de la familia que actuaba en la opera de Brasil. “Estaba en la fiesta de mi tía bailando, y  le comentó a mi madre que tenía una gracia especial para moverme”. Hablaron y comenzaron a dar clases. Desde entonces, ha trabajado en la opera de Rio de Janeiro y, por ejemplo, en la Béjart Ballet Lausanne, de la mano de Maurice Béjart; o en el Ballet Gulbenkian, dirigido por Iracity Cardoso.

ENTREGADOS DESDE LA NIÑEZ

Bailar no es sólo mover el cuerpo con gracia. La dedicación es ejemplar: ensayos, clases, entrenamiento físico, una buena alimentación y preparación mental. Alla Falieri calcula que a diario ensaya “tres horas y media, o el día entero”. Pero para su compañera Elisabet Biosca a los seis años la danza era para “estar con mis compañeras revueltas, hasta que entré en el conservatorio y me tuve que poner el uniforme”.   

Natural de Barcelona, Elisabet Biosca comenzó a bailar por afición, y fue a los 18 años cuando habría comenzado en el Institut del Teatre. “Me gusta el baile contemporáneo porque deja más libertad de interpretación y de movimiento, el clásico es más rígido”, recuerda sobre sus clases. Después de participar en Interdanza en Barcelona, pasó a formar parte de la CND, compañía en la que ha ido ascendiendo desde que comenzó en 2010.

Todos y cada uno de ellos cuentan con ritmo, fuerza y dedicación. Francisco Lorenzo, Tamako Akiyama,  Marina Jiménez, Javier Monzón, Lucio Vidal, Mar Aguiló, María Andres, un grandioso etcétera de excelentes balarines más, y Daan Vervoort. Él es un dulce belga que, bajo la suave atención de su madre, comenzó sus estudios de ballet en la Royal Ballet School de Amberes. Viajes por EE. UU. , Japón o Rusia. Y limpios bailes en obras como ‘Solo’, de Toru Shimazaki; o ‘Katoennatie’, con coreografía de Sandra Dehertogh y Guy Pauwels. Daan Vervoort ha sido reconocido en 2005 con la Medalla de Oro de danza contemporánea de la International Dance Competition de Biarritz.

Bailarines de todas partes del mundo, personalidades diferentes que conjugadas sobre el escenario hacen de la danza un juego de complicidad. Comparten la emoción de salir al escenario y la atracción por el aplauso de un público satisfecho. Cuando bailar es una recompensa suficiente en el juego, como dice Elisabet Biosca, “el fin lo pones tú mismo”.

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Compañia Nacional de Danza; Demode; Matadero de Madrid; Ivan Perez;

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Subir Comentarios - 1
16/11/2012 - 09:32 h. 1Marcos77
¡UN REPORTAJE VERDADERAMENTE ENTRETENIDO! Quiero ir a ver la función...
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