
Contrariamente a lo que pueda parecer en un principio, la capital tunecina es algo más que zocos, especias y cuscús. Tras sus tiendas se esconden las huellas de diferentes civilizaciones que vivieron en el país y que han convertido la capital y sus alrededores en una amplia muestra de culturas.
Nada mejor que La Medina de la ciudad para empaparse del bullicio de sus gentes, siempre con una sonrisa, y los olores de las shishas (pipas de agua) junto a los tés de menta que acompañan a los habitantes durante sus charlas a las puertas de las teterías. En este grupo de callejuelas y pasadizos cubiertos se abre paso un amplio abanico de colores propiciado por una gran cantidad de productos, desde utensilios de cocina a recuerdos para turistas o piezas de hojalata, que se pueden comprar en estos locales.
Una de las expresiones artísticas de las antiguas civilizaciones que poblaron el país son los mosaicos expuestos en el Museo de El Bardo. Este antiguo palacio campestre cuenta con una extensa colección de mosaicos que abarcan desde la Edad de Piedra a las épocas cartaginesa, romana, cristiana e islámica. Sin embargo, uno de los más llamativos, en la sala Dougga, es el que representa una de las historias de La Odisea.
Regreso al pasado, Tanto en tren TGM o en taxi, es indispensable hacer una excursión a Cartago, uno de los lugares históricos del país. Y es que este los restos arqueológicos de la zona hacen fácil imaginar cómo era la ciudad en su esplendor gracias a la buena conservación del yacimiento. Habitada por los fenicios y más tarde por los romanos, aún hoy se vislumbra con claridad los edificios que llenaron de esplendor esta ciudad gracias a restos como el de las famosas termas de Antonino, las cisternas de Malga, el teatro de Adriano, además del templo de Tophet o el circo romano.
En este sentido, merece la pena acercarse y contemplar desde la costa los puertos púnicos, una entrada al mar de la que ya solo queda una especie de islote.
Mediterráneo en estado puro
Si algo caracteriza el pueblo de Sidi Bou Said es sus pintorescas casas y edificios pintadas al más puro estilo mediterráneo con fachadas blancas y las ventanas de rejas azules. Fue un barón francés quien, enamorado del lugar, dictó una ley por la que todos las construcciones del lugar debían llevar estos colores como el palacio donde el habitaba, Nejma ez Zahra.
Esta encantadora localidad ofrece unas maravillosas vistas sobre el mar por lo que es más que recomendable contemplar el atardecer, que inspiró a poetas como Simon de Beauvoir o el filósofo Jean-Paul Sartre, mientras se degusta un té con piñones al aire libre en el Café des Délices.
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