
Francisca, a sus 94 años, vive con la argentina Ruth, de 31, que prepara en Barcelona (España) un doctorado. Estas convivencias intergeneracionales son propiciadas por un programa social.
Desde hace once años, la Obra Social de "Caixa de Cataluña" promueve la convivencia solidaria y no lucrativa entre jóvenes y ancianos, dos generaciones distanciadas por el cambio en las estructuras familiares modernas, con la idea de que la gente joven pueda acercarse a la experiencia acumulada de sus mayores y de que la tercera edad se adapte a las nuevas realidades culturales y sociales.
Hace ya seis años que Francisca Jalencas comparte su coqueto piso del centro de Barcelona con estudiantes latinoamericanos, tras enterarse por una amiga de esta iniciativa, como otras 332 personas de la tercera edad en toda España, la mayoría residentes entre Barcelona y Madrid. "Primero vino Carlos, un chico mexicano muy agradable y estuvo tres años; luego apareció un compatriota suyo, César, con el que viví veinticuatro meses y ahora la niña, Ruth, con la que espero compartir mi vivienda hasta que termine sus estudios", nos comenta esta dicharachera mujer, por la que no pasan los años.
UN PSICÓLOGO, EL INTERMEDIARIO
Francisca comparte su vivienda porque sus cinco hijos están así más tranquilos y recibe una ayuda simbólica de cien euros mensuales por los gastos de luz, agua y gas, mientras que Ruth cobra una beca de 490 euros para la matrícula, aunque ambas tienen muy claro que el dinero no es lo más importante, sino "las ganas de compartir y de vivir en familia, no en un piso de estudiantes", asegura Ruth.
Tras decidir formar parte de este proyecto intergeneracional, las dos partes pasan por un psicólogo, que estudiará las afinidades de cada cual, su perfil psicológico y su carácter, para saber qué parejas son compatibles y cuáles no lo son. Luego, se firma un acuerdo marco, en el que las dos generaciones dejan claro que van a ser "compañeras de piso". Los ancianos/as, han de ser independientes y los/as estudiantes se comprometen a compartir charlas y compañía y a regresar al hogar a las diez de la noche, salvo un día y una noche a la semana, en que tienen fiesta.
Pero, dentro del acuerdo marco, hay pactos personales, como en el caso de Francisca y Ruth. "Yo me he comprometido a sacar su perro, a ponerle unas gotas en los ojos por la noche y a acompañarle los sábados a comprar la comida de la semana; de común acuerdo, vamos cada domingo a misa", asegura Ruth. Cada miembro de esta pareja se prepara su comida y cada una friega sus platos porque, que quede claro, este programa ayuda a ambas partes e intenta trasmitir valores, "pero ambos miembros de la pareja tiene que estar con un grado satisfactorio de salud mental y física".
Está claro que entre las parejas se genera una relación de amistad, que Francisca ha accedido a ver el fútbol televisivo con la argentina, aunque Ruth no acceda a contemplar los seriales mexicanos; que la anciana ha encontrado una grata y discreta compañía y que Ruth ha hallado, por fin, tranquilidad y una familia, harta ya de vivir en pisos de estudiantes.



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