
Después de la valoración de los síntomas y el diagnóstico, hay que pasar a la acción. Esto es lo que pretende María José Díaz Aguado, catedrática de psicología evolutiva de la Universidad Complutense, que ha detallado las propuestas de actuación derivadas de su estudio ‘Igualdad y violencia de género en la adolescencia’.
“Hablad por favor de las soluciones”, insistió Díaz Aguado, consciente de que el altavoz de los medios es clave para que el modelo ‘dominio-sumisión’, del que nace el maltrato, no se reproduzca.
La violencia “se debe prevenir desde el nacimiento”. ¿Cómo? A partir del fomento del respeto mutuo y dando herramientas que ayuden a resolver conflictos desde vías adecuadas. Tras el primer paso, que lo deben dar las familias, es la escuela quien debe sumar esfuerzos.
A partir de los 12 y 13 años, que es cuando los adolescentes se inician en la aventura de las relaciones de pareja, se debe hablar directamente del problema. No basta con exponer los roles que ambos sexos desempeñan, también se debe incidir directamente en el drama de la minusvaloración y agresividad hacia las mujeres, el maltrato.
LA EDUCACIÓN, CLAVE
Estas medidas “deben llegar a todos”, afirma la autora del estudio. María José destaca que hace diez años hablar del tema en la escuela era tabú; ahora se ha llegado a un 41% de centros que sí lo hacen, pero la meta aún queda lejos. “La herramienta más poderosa es la educación”, asume la catedrática, lapidaria.
Más allá de las directrices en los centros de educación, que” deben incorporarse desde los planes generales de convivencia”, se hace necesario “el cambio de la cultura adolescente”. Esta transformación debe llegar desde los grupos de iguales. Éstos tienen un poder mayor que quienes están por encima de los jóvenes. María José cita iniciativas participativas o que nazcan de asociaciones para poner sobre la pista sobre lo que hay que hacer.
La familia debe trabajar junto con la escuela, pues el hogar se revela clave a la hora de influir en los jóvenes. No es casual que uno de cada tres chicos que viven situaciones de violencia en su casa imitará esa hostilidad con futuras parejas. “No lo eduques en el machismo, es un hombre del siglo XXI”, destaca como misión para los padres y madres, a los que insta a no reproducir los roles de “educación ancestral” que perpetúan la violencia de género.
LOS MEDIOS
Para afrontar estas actitudes y la violencia de género en general. La autora habla del poder de los medios, que se suma a la influencia que la escuela y la familia pueden ejercer sobre los adolescentes. Además de hablar de soluciones más o menos obvias como evitar las imágenes sexistas o el presentar la agresividad como algo atractivo, Díaz Aguado ha advertido del tratamiento que se hace de la violencia desde los programas de telebasura. En estos espacios la violencia hacia las mujeres se presenta de una manera trivializada y banal, lo que causa que a ésta no se le dé la importancia que realmente tiene.
EL PRIMER PASO
La prevención no sólo se centra en evitar la agresividad en su sentido más estricto. Su germen se gesta a partir de diferentes conductas y actitudes que son buenos predictores de que el maltrato desemboque en una agresión. Estos comportamientos, que de por sí son violencia de género pueden nacer simplemente de pensar que “los hombres no lloran”, o que “si te pegan, tienes que responder de la misma manera”.
En esta línea siguen hechos como aislar a la víctima de sus amigas o influirla respecto a con quién se junta, qué ropa se pone o incluso cómo habla. Después de esto, sólo hay un paso al insulto o a tratar de amedrentar a esa persona a la que se dice que se ama.
FACTORES DE RIESGO
La autora del estudio- realizado con la supervisión metodológica de Rosario Martínez-, ha destacado que hay determinados factores de riesgo que tienen una “relativa” influencia. En este sentido, destaca que los chicos que tienen menos rendimiento escolar y que consumen drogas tienen más probabilidad de ser maltratadores.
Esa violencia también puede ser mayor entre los chavales que leen menos. Esto lo trata de explicar la autora del estudio sosteniendo que quizá ellos tienen una menor percepción menor del cambio cultural, necesario para avanzar, y que se puede ver reflejado en la literatura.

